Uncategorized

¡Ni una sola bicicleta blanca más debería de aparecer en ninguna calle de ninguna ciudad, nunca más!

Son muchas sensaciones, ninguna de ellas placentera, las que recorren el cuerpo al pensar cómo podemos pasar de un estado casi absoluto de libertad que nos da el pedalear, al silencio y oscuridad total.

¡Ni una sola bicicleta blanca más debería de aparecer en ninguna calle de ninguna ciudad, nunca más!

El 8 de agosto pasado se colocó una bicicleta blanca en la Ciudad de México, sobre avenida Patriotismo y el Puente de la Morena. ¿El motivo? Cariñx, como la llaman (aún le llaman) sus familiares, amigos y ahora toda la comunidad ciclista, pedaleaba sobre aquél lugar junto a su compañero de regreso a casa el 1 de agosto cuando un conductor alcoholizado embistió con su automóvil a Carinx y a su bicicleta. 

¡Iba alcoholizado y jugando carreritas con otro auto! ¿Qué clase de juego es ese que pone fin a una vida que le quedaba tanto por recorrer y tanto por pedalear? 

¡Carolina no murió, un borracho la mató! Es una frase que resuena en nuestros corazones, resuena en quienes usamos la bici como medio de transporte, resuena cuando pensamos en nuestros compañeros bicimensajeros que llevan nuestros productos a la puerta de tu hogar atravesando de norte a sur y de este a oeste esta jungla de concreto que hemos construido. 

Y si bien esas sensaciones que nacen desde nuestras entrañas y recorren el cuerpo al pensar cómo podemos pasar de un estado casi absoluto de libertad que nos da el pedalear, al silencio y oscuridad total resultan nada placenteras, si que tienen el poder de movernos y hacernos alzar la voz.

Porque andar en bicicleta es como meditar: atención plena, llegamos a ser tan conscientes de lo que sucede a nuestro alrededor y tan conscientes de nosotros mismos: un bache, un charco, una ardilla trepando un árbol, la fricción de la llanta con el suelo, el “viene viene”, las emisiones de CO2 que generan los automóviles entrando a nuestros pulmones, nuestra respiración agitada y las piernas como piedras en una subida, alguien que cruza la avenida de los Insurgentes a media calle corriendo… pero en una ciudad  donde anualmente mueren más de mil personas por accidentes viales, debemos estar más allá de la atención plena.

¡Ninguna bicicleta blanca más debería de aparecer en ninguna calle de ninguna ciudad, nunca más!

Sabemos que no será fácil. Pero cada vez somos más quienes confiamos en el poder de este vehículo de dos ruedas propulsado por la energía de nuestro propio cuerpo.

Y seremos tantos hasta que todos podamos transitar en armonía por nuestras calles, porque son de todos; seremos tantos hasta que todos: automovilistas (que serán pocos y esos pocos sabrán que el reglamento de tránsito de la Ciudad de México indica que la bicicleta tiene prioridad sobre cualquier automóvil), conductores de transporte público, sociedades y gobiernos, entiendan que el simple hecho de usar la bicicleta como medio de transporte es un acto que trae beneficios a todos: uno se ejercita, el gasto es mínimo, menor tráfico vehicular y el impacto ambiental que generamos es casi nulo, pues no generamos emisiones de efecto invernadero, además, la huella ecológica de fabricar una bicicleta no se compara con la de producir un automóvil. ¡Como tampoco se comparan los 150 caballos de fuerza de un automóvil promedio con las dos piernas de potencia de un ciclista! 

¡Ni una sola bicicleta blanca más debería de aparecer en ninguna calle de ninguna ciudad, nunca más! Nos vemos en la rodada el 28 de agosto.

Y llegará ese momento en el que ni una sola bicicleta blanca más aparecerá colgada en ninguna calle de ninguna ciudad, nunca. Mientras podemos tomar las calles, el viernes 28 de agosto nos vemos en la rodada para que la ciclovía de Insurgentes se quede. La cita es en la estación del metrobús La Bombilla a las 18:00 horas para partir hacia Buenavista.